Ester O.C.
Por desgracia el ser humano, en sociedad, no piensa en que existimos gracias al equilibrio del entorno natural. Se comporta como si el mundo, fuera un supermercado de mat...
Autor:
óscar E.D.
Categoría:
Fauna y flora
Publicado:
Viernes 7 Agosto 2026
Imaginemos por un momento una cala tranquila de Mallorca, una playa volcánica de Fuerteventura o una cueva marina en la costa de Almería. El agua está limpia, el viento apenas mueve la superficie y, sobre una roca, descansa un animal grande, oscuro y de ojos redondos.
No está perdido. No ha llegado desde un lugar remoto. Está en su territorio.
Es una foca monje del Mediterráneo.
Durante miles de años, esta especie formó parte del paisaje español. Vivió en las costas mediterráneas, en Baleares, en Canarias y en algunos sectores del litoral atlántico. Nuestros antepasados compartieron playas, cuevas y zonas de pesca con ella. Hoy, en cambio, encontrar una foca monje en aguas españolas sería un acontecimiento extraordinario.
La explicación habitual es que «se extinguió». La frase parece describir un proceso natural, casi inevitable, como si el animal hubiera ido desapareciendo por sí solo.
Pero no fue eso lo que ocurrió.
La foca monje no abandonó España. La perseguimos, la matamos y convertimos su hogar en un lugar donde ya no podía sobrevivir.
La foca monje del Mediterráneo, Monachus monachus*, es uno de los pinnípedos más escasos del planeta. Puede superar los dos metros de longitud y acercarse a los 300 kilogramos. Es una excelente nadadora y una cazadora oportunista que se alimenta principalmente de peces, pulpos, calamares y algunos crustáceos.
Puede vivir entre veinte y treinta años. Las hembras alcanzan la madurez sexual después de varios años, tienen una gestación cercana a los diez meses y normalmente paren una sola cría. Esto significa que su recuperación es necesariamente lenta: una población reducida no puede reponerse con rapidez después de sufrir persecución, capturas accidentales o la pérdida de ejemplares reproductores.
Aunque hoy asociamos a la foca monje con cuevas marinas oscuras y apartadas, ese comportamiento no representa necesariamente su forma de vida original. Históricamente, descansaba y criaba también en playas abiertas.
Fueron siglos de persecución y molestias humanas los que la obligaron a esconderse en cavidades cada vez más inaccesibles.
No se refugió en las cuevas porque fueran siempre el mejor lugar para criar. En muchos casos lo hizo porque eran los últimos lugares donde no llegábamos nosotros. Algunas de estas cuevas pueden inundarse durante los temporales y convertirse en trampas para las crías.
Nuestra presencia no solo redujo su territorio: también la empujó hacia hábitats menos seguros.
Actualmente, la especie sobrevive principalmente en el Mediterráneo oriental, Madeira y la zona atlántica de Cabo Blanco, entre Mauritania y el Sáhara Occidental. Aunque algunas poblaciones muestran signos de recuperación, continúa siendo extremadamente vulnerable a la muerte deliberada, las redes de pesca, las molestias en sus refugios y la destrucción del litoral.
En España, la foca monje llegó a estar presente en Baleares, el sureste peninsular y las Canarias orientales. Su distribución histórica alcanzaba buena parte del Mediterráneo español y existen registros de su presencia en otros puntos de nuestras costas.
Muchos nombres geográficos conservan todavía su recuerdo: isla de Lobos, cueva del Lobo Marino, arrecife de las Sirenas y otras denominaciones similares. El animal desapareció físicamente, pero dejó su huella en el territorio y en la memoria popular.
Durante siglos fue cazada por su carne, su grasa y su piel. Más adelante empezó a considerarse una competidora de los pescadores porque podía acercarse a las redes para alimentarse de las capturas o dañarlas accidentalmente.
Algunos ejemplares murieron atrapados. Otros fueron perseguidos y eliminados deliberadamente.
La respuesta fue sencilla: si el animal interfería con una actividad económica, el problema era el animal.
No se estudió seriamente cómo reducir los conflictos. No se plantearon compensaciones por los daños, artes de pesca alternativas, medidas de protección eficaz o modelos de convivencia. Se escogió la solución más inmediata: eliminarlo hasta que dejara de molestar.
La última reproducción confirmada en la península se produjo en Punta del Albir, Alicante, en 1951. En Baleares, la última reproducción conocida tuvo lugar en Cala Santanyí, Mallorca, en 1958. Algunos ejemplares sobrevivieron durante más tiempo en Almería, Canarias y las islas Chafarinas, pero ya no constituían una población española estable y viable.
En 2018, la foca monje fue incorporada oficialmente al listado de especies extinguidas en estado silvestre en España.
La declaración administrativa llegó décadas después de su desaparición real.
Primero la eliminamos. Después, mucho más tarde, redactamos el documento que certificaba que ya no estaba.
Una de las ideas más dañinas que hemos heredado es que cada animal debe justificar su existencia mediante alguna utilidad para el ser humano.
Una especie merece protección si produce alimento, controla una plaga, atrae turistas, fertiliza cultivos o genera algún beneficio que podamos calcular. Cuando no encontramos inmediatamente esa utilidad, la calificamos de insignificante, perjudicial o prescindible.
Pero la naturaleza no es una empresa en la que cada especie tenga que presentar una cuenta de resultados.
Los ecosistemas son redes de relaciones construidas durante miles o millones de años. Un depredador modifica el comportamiento y la distribución de sus presas. Un pequeño invertebrado remueve sedimentos. Una planta retiene el suelo. Un hongo recicla nutrientes. Un insecto poliniza. Un animal muerto alimenta a otros organismos.
Muchas de estas funciones no las comprendemos completamente hasta que una especie escasea o desaparece.
No todas las extinciones provocan un colapso inmediato y visible. Afirmarlo sería científicamente incorrecto. Pero la acumulación de pérdidas reduce la diversidad, empobrece las relaciones ecológicas y disminuye la capacidad de los ecosistemas para resistir enfermedades, contaminación, calentamiento y otros cambios bruscos.
La transformación del territorio y del mar, la explotación directa de organismos, la contaminación, el cambio climático y la introducción de especies invasoras están reconocidos entre los principales impulsores de la pérdida mundial de biodiversidad.
No estamos, por tanto, ante una sucesión de accidentes aislados. Existe un patrón relacionado con la forma en que ocupamos, explotamos y valoramos el territorio.
La foca monje no desapareció porque careciera de valor. Desapareció porque el valor que le otorgábamos era inferior al beneficio inmediato de matarla, apropiarnos de su espacio o evitar el coste de aprender a convivir con ella.
Cuando se habla de destrucción ambiental, es necesario ser preciso. No todos los estudios ambientales son falsos, ni todos los técnicos trabajan al servicio de intereses privados. Afirmarlo sería injusto y debilitaría cualquier crítica seria.
El problema es más complejo y, en ocasiones, más difícil de detectar.
No siempre hace falta inventar datos. Puede bastar con estudiar un área demasiado pequeña, escoger un periodo de muestreo poco representativo, separar artificialmente un proyecto en distintas actuaciones, no valorar adecuadamente los efectos acumulativos o presentar como compensable una pérdida que en la práctica será irreversible.
También puede ocurrir que se reduzca el análisis a aquello que resulta fácil de medir, dejando fuera efectos sociales, paisajísticos o ecológicos que aparecerán años después.
Un informe puede utilizar datos reales y, aun así, ofrecer una imagen incompleta.
El problema económico de fondo es sencillo: los beneficios de una actuación suelen concentrarse en una empresa, unos inversores o un número reducido de propietarios, mientras que buena parte de los costes se distribuyen entre toda la sociedad.
La pérdida del paisaje, la presión sobre el agua, la congestión, la erosión, el deterioro del fondo marino o la desaparición de una especie rara vez aparecen íntegramente en la cuenta de resultados del proyecto que los provoca.
La empresa contabiliza los ingresos. La sociedad hereda las consecuencias.
Cuando posteriormente llega una sanción, puede castigar parcialmente una infracción administrativa. Pero una multa no siempre puede reconstruir una duna, recuperar un yacimiento destruido, restaurar una población animal o devolver una costa a su estado anterior.
Algunas pérdidas no se corrigen pagando.
Simplemente permanecen.
Tenerife ofrece un ejemplo visible de la tensión entre el crecimiento turístico, la ocupación del litoral y la protección del territorio.
Conviene tratarlo con rigor: no toda construcción turística es ilegal ni todo desarrollo destruye necesariamente un espacio natural. El turismo sostiene una parte esencial de la economía canaria y proporciona empleo a miles de familias.
La discusión real no debería ser turismo sí o turismo no.
Debería ser qué turismo, cuánto, dónde, para quién y a costa de qué.
Proyectos urbanísticos y turísticos como Cuna del Alma, en el Puertito de Adeje, han provocado un conflicto social, ambiental, arqueológico y judicial. Las actuaciones realizadas en la zona han sido objeto de expedientes administrativos, investigaciones y resoluciones cautelares.
Mientras no exista una sentencia definitiva, no sería correcto atribuir responsabilidades penales concluyentes. Pero sí puede afirmarse que el caso ha puesto de manifiesto graves dudas sobre la protección efectiva del territorio, el funcionamiento de los controles y la capacidad de intervenir antes de que se produzcan daños difíciles o imposibles de reparar.
Este tipo de casos demuestra algo incómodo: en demasiadas ocasiones, los mecanismos de control llegan cuando las excavadoras ya han entrado.
A esa presión se añade el problema de la vivienda. En Canarias, como en Baleares y en numerosos municipios costeros peninsulares, una parte creciente del parque inmobiliario se destina al uso turístico, a segundas residencias o a inversiones con una capacidad económica muy superior a la de la población local.
No todas las viviendas nuevas se construyen exclusivamente para turistas, y sería incorrecto generalizar. Pero la combinación de turismo masivo, especulación inmobiliaria, escasez de suelo, crecimiento demográfico y alquiler vacacional contribuye a elevar precios y a transformar los municipios.
Un territorio puede aumentar sus ingresos turísticos mientras parte de la población pierde acceso a la vivienda, soporta servicios saturados o ve cómo su paisaje se convierte progresivamente en un producto inmobiliario.
Tener muchos turistas no equivale automáticamente a prosperar.
El mismo conflicto se reproduce, con características diferentes, en Baleares, la Costa Brava, Málaga, Alicante, Murcia o Almería. El hotel inacabado de El Algarrobico, levantado en el entorno de Cabo de Gata, continúa siendo uno de los símbolos más visibles de esta incapacidad para detener una actuación antes de que el daño físico, jurídico y económico resulte enorme.
No parece que falten leyes.
Lo que falla con frecuencia es la prevención, la coordinación, la vigilancia y la voluntad política de asumir el coste de decir que no.
Durante siglos se presentó a los animales como organismos gobernados exclusivamente por instintos: seres capaces de reaccionar, pero no de sentir; capaces de moverse, pero no de decidir; capaces de sufrir daños físicos, pero no de experimentar sufrimiento.
Esa idea resultaba muy conveniente.
Si un animal no siente miedo, placer, dolor, apego o angustia, utilizarlo no plantea demasiados conflictos morales. Puede cazarse, encerrarse, separarse de sus crías o destruirse su refugio sin preguntarse qué experimenta.
La ciencia actual no sostiene esa visión simplista.
La evidencia científica disponible indica que los seres humanos no somos los únicos animales que poseemos las bases neurológicas asociadas a estados conscientes. Esta evidencia es especialmente sólida en los mamíferos y las aves, pero también alcanza a otros grupos con sistemas nerviosos muy diferentes al nuestro.
Esto no significa que una foca piense como una persona, ni que todas las especies tengan las mismas capacidades. Inteligencia, conciencia y sintiencia no son conceptos idénticos. Tampoco podemos preguntar directamente a un animal cómo se siente.
Pero podemos estudiar su cerebro, sus respuestas fisiológicas, su aprendizaje, sus preferencias, su memoria, su conducta social, la forma en que evita el dolor y las decisiones que toma al elegir entre riesgos y recompensas.
Una revisión de más de 300 estudios científicos encontró evidencias muy sólidas de sintiencia en los pulpos, sólidas en los cangrejos verdaderos y sustanciales en los calamares, las sepias, los cangrejos anomuros y algunos grupos de langostas y cangrejos de río.
La sintiencia es la capacidad de experimentar estados positivos o negativos: dolor, placer, miedo, malestar o bienestar.
Esta conclusión es importante porque demuestra que dicha capacidad no puede descartarse simplemente porque un animal sea pequeño, tenga un sistema nervioso diferente o no nos resulte expresivo.
En los mamíferos, entre ellos las focas, la existencia de estados afectivos y experiencias conscientes cuenta con un respaldo científico todavía más amplio.
La pregunta, por tanto, ya no debería ser si los animales sienten exactamente como nosotros.
La pregunta correcta es si existe evidencia suficiente para actuar como si sus experiencias importaran.
Y la respuesta es que sí.
Durante generaciones se nos enseñó que los animales estaban aquí para servirnos.
Unos existían para alimentarnos. Otros para trabajar. Otros para entretenernos. Los que no cumplían ninguna de esas funciones eran tratados como competidores, alimañas o elementos sin importancia.
Esa manera de entender el mundo no surgió únicamente de la ignorancia. También resultaba útil para justificar actividades económicas y evitar preguntas incómodas.
Si un bosque es solamente madera, talarlo parece una operación productiva. Si el mar es únicamente una reserva de pescado, extraer todo lo posible parece eficiencia. Si un animal es solo carne, piel o una molestia para las redes, eliminarlo parece una decisión racional.
La educación distorsionada no consiste siempre en enseñar una mentira explícita. A veces consiste en enseñar únicamente una parte de la realidad.
Se explicaba lo que podíamos obtener de la naturaleza, pero no lo que perdíamos al destruirla. Se hablaba del beneficio privado, pero no del coste público. Se enseñaba a producir, pero no a conservar aquello que hace posible seguir produciendo.
También nosotros hemos aprendido a aceptar determinadas pérdidas como inevitables.
Aceptamos que una costa se urbanice porque «traerá empleo». Que un bosque desaparezca porque «hay demanda». Que una especie sea sacrificada porque «perjudica a un sector». Que un proyecto siga adelante porque «ya se ha invertido demasiado dinero para detenerlo».
Son argumentos poderosos porque contienen una parte de verdad.
Una obra genera empleo. El turismo produce ingresos. La pesca sostiene familias. Las sociedades necesitan viviendas, infraestructuras y recursos.
Pero reconocer esas necesidades no obliga a aceptar cualquier proyecto, en cualquier lugar y bajo cualquier condición.
El verdadero debate no enfrenta a las personas con la naturaleza. Enfrenta el beneficio inmediato y concentrado con el bienestar duradero y compartido.
Existe una ironía difícil de ignorar.
La foca monje fue perseguida porque se consideraba un obstáculo para determinadas actividades económicas. Sin embargo, si España conservara hoy una población estable, probablemente sería uno de los animales más valiosos de nuestro patrimonio natural y uno de los grandes atractivos de sus costas.
No puede calcularse con rigor cuánto dinero generaría. Dar una cifra concreta sería inventarla. No sabemos cuántos ejemplares habría, dónde vivirían, qué restricciones serían necesarias ni cuántas visitas podría soportar la especie sin verse perjudicada.
Pero sí existen comparaciones que permiten entender el potencial perdido.
Las Illes Medes son uno de los ejemplos más conocidos. Su protección permitió recuperar la abundancia y visibilidad de la fauna marina y convirtió L'Estartit en un destino internacional de buceo.
Estudios económicos realizados en la zona concluyeron que las actividades no extractivas vinculadas a la reserva, principalmente el buceo y las excursiones marítimas, generaban una actividad económica muy superior a la que podía proporcionar la explotación pesquera directa del mismo espacio.
Las cifras concretas dependen del año, la metodología y las actividades incluidas, pero la conclusión general resulta clara: un ecosistema conservado puede producir ingresos continuados para centros de buceo, alojamientos, restaurantes, comercios, transportistas, guías y otras empresas locales.
Un pez vivo y visible durante años puede generar más actividad económica que ese mismo pez capturado una sola vez.
La reserva también ayudó a alargar la temporada turística de L'Estartit. Los buceadores llegan durante meses con menor presencia del turismo tradicional de sol y playa, ocupando alojamientos, restaurantes y servicios en momentos en los que otras actividades disminuyen.
Eso no significa que el turismo de naturaleza sea inocuo.
El exceso de buceadores puede dañar organismos sensibles. Las embarcaciones pueden generar ruido, vertidos o molestias. Los animales pueden ser perseguidos para conseguir una fotografía. Por eso las áreas protegidas necesitan límites, permisos, boyas, seguimiento científico y regulación.
Proteger no consiste en sustituir una explotación descontrolada por otra.
Consiste en utilizar el espacio sin destruir aquello que atrae a los visitantes.
Una población española de focas monje podría haber sostenido actividades de observación desde tierra o desde embarcaciones, fotografía de naturaleza, divulgación, investigación científica, centros de interpretación y, donde fuera compatible con su bienestar, experiencias de buceo o snorkel estrictamente reguladas.
Sería uno de los grandes símbolos naturales del Mediterráneo y del Atlántico español.
Pero esa posibilidad exigiría algo que históricamente nos ha costado aceptar: el animal tendría prioridad.
Nadie debería poder entrar en una cueva de cría. Ninguna embarcación tendría derecho a rodear a una hembra. Ningún buceador debería acercarse hasta obligar al animal a huir. La actividad turística solo sería legítima si la conservación y el bienestar de la especie estuvieran por encima de la fotografía, la experiencia o el beneficio empresarial.
El turismo de observación de cetáceos en Canarias demuestra que la fauna marina puede sostener una actividad económica importante. También demuestra que, sin regulación y vigilancia, el turismo puede convertirse en una nueva fuente de presión sobre los propios animales que pretende mostrar.
La naturaleza conservada puede generar riqueza.
Pero solo mientras continúe conservada.
La foca muerta proporcionaba piel, grasa o evitaba temporalmente un conflicto con una red. La foca viva podría haber atraído visitantes una y otra vez, generado conocimiento, creado puestos de trabajo y convertido determinadas zonas costeras en lugares únicos.
La diferencia no es únicamente sentimental.
También es económica.
La explotación destructiva suele ofrecer una ventaja inmediata. Se construye, se captura, se vende y se cobra. El beneficio aparece rápido, resulta fácil de medir y normalmente queda concentrado en pocas manos.
La conservación funciona de otra manera.
Requiere límites, vigilancia, planificación y paciencia. Sus beneficios se distribuyen entre alojamientos, restaurantes, guías, investigadores, empresas de actividades, pescadores artesanales, transportistas y pequeños comercios.
También mantiene servicios que no siempre tienen un precio visible: agua limpia, protección costera, fertilidad del suelo, almacenamiento de carbono, paisaje, identidad cultural y calidad de vida.
Por eso la conservación puede parecer menos rentable cuando se analiza únicamente el próximo trimestre, pero mucho más valiosa cuando se estudian varias décadas.
Y tampoco significa que debamos conservar únicamente porque resulte rentable.
Una especie no pierde su derecho a existir cuando no atrae turistas. Un pequeño invertebrado, una planta poco llamativa o un animal que nadie pagaría por observar no son prescindibles por carecer de valor comercial.
El ejemplo económico sirve para desmontar una excusa histórica: incluso desde la lógica del dinero, destruir suele ser una decisión mucho menos inteligente de lo que parece.
La historia de la foca monje española no es solamente la historia de un animal desaparecido.
Es el resultado de una educación que durante generaciones colocó al ser humano fuera de la naturaleza y por encima de ella.
Nos enseñaron que el territorio vacío estaba desaprovechado, que el animal que interfería era una plaga, que la costa urbanizada representaba progreso y que proteger significaba renunciar al desarrollo.
Esa educación no nació necesariamente de una conspiración perfectamente organizada. Surgió de una mezcla de desconocimiento, comodidad, intereses económicos, decisiones políticas a corto plazo y una cultura que medía el progreso por la cantidad de recursos transformados.
Pero que una idea sea antigua no significa que sea cierta.
También existen científicos, pescadores, asociaciones, agentes públicos, centros de recuperación, empresas responsables y ciudadanos que trabajan para cambiar ese modelo.
Gracias a ellos, la foca monje está recuperándose lentamente en algunas partes de su área de distribución. Las leyes, las reservas, el seguimiento científico y la educación han demostrado que la desaparición no era inevitable.
El problema es que continúan luchando contra una lógica profundamente arraigada: primero aprobar, construir o explotar; después evaluar las consecuencias; finalmente, cuando el daño ya es visible, discutir quién debía haberlo evitado.
La evolución humana no debería medirse únicamente por nuestra capacidad de construir más, capturar más o transformar más territorio.
También debería medirse por nuestra capacidad de contenernos, corregir errores y convivir con aquello que no controlamos.
Quizá la verdadera inteligencia no consista en conseguir que todas las especies nos sirvan.
Quizá consista en comprender que no necesitan servirnos para merecer seguir existiendo.
La foca monje ya no cría de forma estable en nuestras costas. Perdimos al animal. Perdimos una parte del Mediterráneo y del Atlántico que había existido durante milenios. Y probablemente perdimos también una oportunidad cultural, científica y económica que hoy valoraríamos enormemente.
No podemos cambiar lo que hicimos.
Pero todavía podemos decidir qué historia escribiremos con las especies y los espacios naturales que quedan.
Conservar no significa detener el progreso. Significa evitar que el beneficio inmediato de unos pocos destruya las posibilidades futuras de todos.
Saber convivir también puede generar riqueza. Cuidar también es una forma de producir bienestar. Y conservar, aunque haya sido una de las lecciones que más nos ha costado aprender, es una de las pocas maneras de evolucionar sin destruir el lugar del que depende nuestra propia supervivencia.
Ester O.C.
Por desgracia el ser humano, en sociedad, no piensa en que existimos gracias al equilibrio del entorno natural. Se comporta como si el mundo, fuera un supermercado de mat...
1 comentario publicado
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Ester O.C.
hace 1 hora
Por desgracia el ser humano, en sociedad, no piensa en que existimos gracias al equilibrio del entorno natural. Se comporta como si el mundo, fuera un supermercado de materias primas. Hace poco, leí que un muchachito nigeriano, encontró la manera de proteger el ganado de los leones, solo con luces intermitentes. El resto de la tribu los cazaba, pero desde su invento, ya no. Este tendría que ser el ejemplo a seguir.
Comprar tu propio equipo de buceo no es solo una decisión económica, es un paso emocional hacia una forma más consciente de vivir el mar. Elegir bien, poco a poco, priorizando comodidad y seguridad, significa invertir en confianza, en evolución y en una relación más profunda con cada inmersión. No se trata de tener más, sino de tener lo que realmente te acompaña bajo el agua.
El nuevo marco legal del buceo recreativo refuerza la seguridad y clarifica responsabilidades, pero también incrementa exigencias para centros, instructores y buceadores. Aumentan los costes, la carga administrativa y las limitaciones operativas, lo que genera debate en el sector. Aunque mejora la protección jurídica, parte de la comunidad considera que puede provocar sobrerregulación y afectar a la actividad deportiva.
A las 08:30 inicié en H2O Diving Center mi primera inmersión guiando a ocho buceadores con brújula. Hubo dudas y errores, especialmente al regreso y en la flotabilidad durante la parada de seguridad, pero gracias a la paciencia del grupo y las indicaciones de los instructores, logramos completar el recorrido y volver al punto de inicio, cumpliendo el objetivo.