¿Qué siente realmente un pez cuando nos acercamos buceando?

Autor:

óscar E.D.

Categoría:

Fauna y flora

Publicado:

Domingo 16 Agosto 2026

¿Qué siente realmente un pez cuando nos acercamos buceando?

Hay un instante que casi todos los buceadores conocen. Avanzamos lentamente sobre el fondo, quizá siguiendo una pared de roca o dejando atrás una pradera de posidonia, cuando distinguimos un pez unos metros por delante. Puede ser un mero inmóvil junto a una grieta, una dorada removiendo el fondo, un sargo que parece ocupado en sus asuntos o simplemente un pequeño pez suspendido sobre una roca.

Lo hemos visto.

Y casi de inmediato ocurre algo más difícil de percibir: él también nos ha detectado.

Reducimos el aleteo. Intentamos acercarnos despacio. Quizá incluso contenemos durante unos segundos nuestros movimientos, convencidos de que estamos siendo discretos. El pez continúa donde estaba y entonces pensamos que no le importamos demasiado. Un metro más. Después otro.

De repente cambia.

No necesariamente huye. A veces simplemente gira ligeramente el cuerpo. Deja de alimentarse. Se desplaza unos centímetros. Nos ofrece el costado mientras mantiene uno de sus ojos orientado hacia nosotros. O se acerca lentamente a una roca que hace unos segundos parecía no tener ninguna importancia.

Todavía está allí, pero algo ha cambiado.

Lo que para nosotros es una observación tranquila puede haberse convertido, para ese animal, en una evaluación constante del riesgo.

Y aquí aparece una pregunta fascinante: ¿qué percibe realmente un pez cuando un buceador se aproxima?

La ciencia puede explicar bastante bien qué información recibe a través de sus órganos sensoriales y cómo cambia su comportamiento. Lo que no podemos hacer es entrar literalmente en su experiencia consciente y afirmar que “siente miedo” exactamente como lo sentiríamos nosotros. Conviene hacer esa distinción. Pero sí sabemos que los peces detectan nuestra presencia, evalúan amenazas y modifican decisiones como alimentarse, permanecer en un lugar, esconderse o escapar cuando consideran que el riesgo ha aumentado. Los estudios realizados con peces salvajes muestran, además, que la sola presencia de buceadores puede alterar comportamientos naturales incluso en lugares donde están acostumbrados a verlos.

Y probablemente nos detecten de muchas más formas de las que imaginamos.

Nos ha visto mucho antes de que creamos estar cerca

Cuando encontramos un pez durante una inmersión tendemos a interpretar la situación desde nuestra propia percepción.

Está a siete u ocho metros. No se mueve. Parece tranquilo.

Pero que no huya no significa que no nos haya detectado.

La visión de los peces varía enormemente entre especies. No existe una única manera de “ver como un pez”. Sus sistemas visuales se han adaptado a ambientes completamente diferentes: aguas superficiales intensamente iluminadas, fondos rocosos, cuevas, aguas turbias o profundidades donde apenas queda luz.

Lo importante para nuestra escena es algo mucho más sencillo: muchos peces utilizan intensamente la visión para interpretar lo que ocurre a su alrededor.

Y nosotros somos difíciles de ignorar.

Pensemos por un momento en nuestra apariencia desde su posición.

No somos el buceador que vemos en una fotografía. Somos una figura considerablemente mayor que la mayoría de los animales que encontramos durante una inmersión. Tenemos un cuerpo voluminoso, dos largas aletas que se mueven alternativamente, brazos que cambian constantemente de posición, una botella sobresaliendo de nuestra espalda y una nube periódica de burbujas ascendiendo hacia la superficie.

Además, avanzamos directamente hacia él.

Desde el punto de vista de un animal acostumbrado a sobrevivir detectando posibles depredadores, esa última circunstancia importa mucho.

Hay una enorme diferencia entre atravesar tranquilamente el campo visual de un pez y dirigirnos de forma insistente hacia él.

De hecho, los investigadores utilizan precisamente la aproximación de un buceador para estudiar el comportamiento antipredatorio de algunas especies. Existe incluso una medida denominada flight initiation distance, o distancia de inicio de huida: el punto en el que un animal decide que permitir que la amenaza siga acercándose ya resulta demasiado arriesgado.

En estudios realizados con peces loro, esa distancia estuvo relacionada con factores como el tamaño del pez, la existencia de refugios cercanos y su experiencia previa con amenazas humanas. No existe, por tanto, una “distancia segura” universal aplicable a todos los peces. La misma aproximación que un individuo tolera puede hacer huir inmediatamente a otro.

Pero hay algo todavía más interesante.

Algunos peces pueden aprender muchísimo sobre nosotros.

Un estudio publicado en 2025 demostró experimentalmente que peces salvajes podían aprender a distinguir entre buceadores utilizando características visuales de su equipo. No significa que todos los peces reconozcan nuestras caras bajo el agua, ni que todas las especies tengan esa capacidad, pero sí demuestra hasta qué punto podemos subestimar la información que algunos animales obtienen simplemente observándonos.

Mientras nosotros pensamos “ahí hay un pez”, aquel pez puede estar procesando bastante más información sobre nosotros de la que imaginamos.

Pero no solamente nos ve

Aquí es donde nuestra percepción humana empieza a quedarse corta.

Los buceadores dependemos enormemente de la vista. Si queremos saber que algo se aproxima, normalmente necesitamos verlo u oírlo.

Un pez dispone de otra herramienta extraordinaria.

La línea lateral.

Puede observarse en muchas especies como una pequeña línea que recorre longitudinalmente los flancos, aunque lo verdaderamente importante no es su aspecto exterior sino los receptores sensoriales que forman el sistema.

Esos receptores, llamados neuromastos, responden al movimiento del agua y a determinadas variaciones de presión. Gracias a ellos, el pez obtiene información hidrodinámica del entorno. Es una modalidad sensorial tan diferente de nuestra experiencia cotidiana que resulta difícil imaginarla.

A veces se ha descrito de manera muy gráfica como una especie de “tacto a distancia”.

No significa que el pez posea un radar mágico capaz de detectar cualquier cosa desde decenas de metros. La física es bastante más compleja y la sensibilidad depende de la especie, del tipo de estímulo y de las condiciones ambientales. Pero sí permite detectar movimientos y perturbaciones del agua que nosotros prácticamente ignoramos.

Volvamos entonces a nuestra inmersión.

Estamos intentando acercarnos despacio a aquel sargo.

Pensamos que somos cuidadosos porque no hacemos movimientos bruscos.

Pero cada aleteo desplaza agua.

Nuestro cuerpo desplaza agua.

Las manos que utilizamos para corregir torpemente la posición desplazan agua.

Incluso otro pez que nada deja tras él una estela hidrodinámica que determinadas especies pueden detectar y utilizar como fuente de información. Se ha demostrado experimentalmente que algunos peces son capaces incluso de seguir rastros hidrodinámicos dejados por otros animales.

Así que el escenario empieza a cambiar.

El pez no está simplemente viendo una figura acercarse.

También está inmerso en el mismo medio físico que estamos perturbando.

Puede recibir información visual y, simultáneamente, información sobre movimientos del agua.

Es como intentar entrar silenciosamente en una habitación mientras el suelo transmite cada una de nuestras pisadas.

Y además hacemos ruido. Mucho más del que creemos

Cuando nos quitamos el regulador después de una inmersión solemos recordar el fondo marino como un lugar tranquilo.

No lo es.

El océano está lleno de sonidos: oleaje, piedras desplazándose, crustáceos, peces, embarcaciones y multitud de fuentes biológicas y humanas.

Nosotros añadimos otras.

La respiración atraviesa el regulador. El gas sale. Las burbujas se expanden mientras ascienden. El equipo puede golpear ligeramente contra una botella o una anilla. Las aletas pueden rozar el fondo. Una embarcación pasa en superficie.

Para comprender lo que significa esto para un pez hay que abandonar nuevamente nuestra experiencia humana.

Los peces no oyen exactamente como nosotros. Carecen de oído externo como el nuestro, pero poseen un oído interno capaz de detectar el movimiento asociado al sonido. En algunas especies, además, estructuras como la vejiga natatoria pueden mejorar la sensibilidad a determinados componentes acústicos. Las capacidades auditivas varían enormemente entre especies, por lo que decir simplemente que “los peces oyen nuestras burbujas” resulta demasiado simplista.

Lo correcto es algo más interesante: viven dentro de un mundo acústico y mecánico en el que sonido, movimiento de partículas y vibraciones proporcionan información relevante para localizar amenazas, encontrar alimento, comunicarse o escapar.

Por eso un buceador de circuito abierto no es precisamente una presencia invisible.

Incluso aunque permanezcamos quietos, respiramos.

Inspiramos.

Durante unos segundos casi no ocurre nada.

Después llega la exhalación.

Una masa de gas abandona el regulador y asciende violentamente hacia la superficie.

Para nosotros es simplemente el sonido familiar de nuestra respiración. Para un animal situado a pocos metros forma parte del conjunto de señales que acompañan la llegada de algo grande y desconocido.

Eso también ayuda a entender una experiencia muy frecuente.

Vemos un pez desde lejos. Nos acercamos. Parece permitirlo. Entonces llegamos a determinada distancia y desaparece de repente entre las rocas.

Probablemente no haya existido un único estímulo que haya provocado la fuga.

Puede haber ocurrido algo parecido a una suma.

La silueta aumenta de tamaño.

La dirección de aproximación se vuelve inequívoca.

Las perturbaciones del agua son mayores.

Nuestra presencia acústica aumenta.

La distancia hasta nosotros disminuye.

Y llega un momento en que permanecer deja de compensar.

La decisión de huir

Escapar tiene un coste.

Esto resulta fundamental para entender el comportamiento animal.

Si un pez huyera cada vez que apareciese cualquier estímulo sospechoso, pasaría buena parte de su vida escondiéndose. Perdería oportunidades de alimentarse, defender un territorio, reproducirse o acudir a determinadas zonas.

Pero esperar demasiado frente a un auténtico depredador puede costarle la vida.

Por eso existe un equilibrio.

Mientras nos acercamos, aquel animal está resolviendo, de alguna manera, ese problema.

Todavía estás suficientemente lejos.

Sigo comiendo.

Ahora estás más cerca.

Te observo.

Sigues acercándote.

Dejo de comer.

Me desplazo hacia aquella roca.

Continúas viniendo hacia mí.

Me marcho.

No debemos interpretar esa secuencia literalmente como un diálogo consciente formulado con palabras. Es simplemente una manera humana de representar una decisión biológica observable: continuar una actividad o abandonarla porque el riesgo percibido ha aumentado.

Y ahí cometemos uno de los errores más frecuentes durante una inmersión.

Confundimos tolerancia con indiferencia.

Como el pez todavía no ha huido, creemos que nuestra presencia no le molesta.

Pero puede haber modificado su comportamiento mucho antes.

Puede haber dejado de comer.

Puede haber interrumpido una interacción con otro individuo.

Puede haberse aproximado a un refugio.

Puede estar dedicando atención a vigilarnos en lugar de realizar lo que hacía antes de nuestra llegada.

Investigaciones realizadas en arrecifes han encontrado precisamente este efecto. En un estudio sobre estaciones de limpieza, incluso en un lugar sometido durante años a una intensa presencia de buceadores, la presencia directa de estos seguía reduciendo considerablemente las interacciones naturales de limpieza. Los animales podían estar habituados hasta cierto punto a los humanos, pero no necesariamente comportarse como si los humanos no estuviesen allí.

Esto cambia bastante nuestra manera de interpretar una inmersión.

Un pez que permanece frente a nosotros no necesariamente nos está diciendo que podamos acercarnos otro metro.

Quizá simplemente todavía no ha decidido marcharse.

Cuando perseguimos esa fotografía perfecta

Ahora imaginemos otra situación muy habitual.

Delante tenemos un mero precioso.

Queremos fotografiarlo.

Nos acercamos y retrocede medio metro.

Nosotros avanzamos medio metro.

Retrocede otra vez.

Volvemos a acercarnos.

El pez entra detrás de una roca.

Rodeamos la roca.

Vuelve a aparecer y vuelve a desplazarse.

Desde nuestra perspectiva estamos intentando conseguir una fotografía.

Desde el punto de vista del comportamiento del animal, acabamos de ignorar varias veces la misma información.

Nos está aumentando la distancia.

Y nosotros estamos eliminándola constantemente.

Eso es una persecución, aunque nosotros no corramos detrás del pez ni tengamos intención de hacerle daño.

Hay una enorme diferencia entre permitir que un animal decida permanecer cerca de nosotros y obligarlo continuamente a decidir dónde colocarse para mantenernos lejos.

Los mejores encuentros suelen producirse precisamente cuando dejamos de intentar provocarlos.

Reducimos el perfil.

Nos colocamos lateralmente.

Evitamos aproximarnos directamente.

Controlamos la flotabilidad.

Aleteamos poco.

No bloqueamos una posible ruta de escape.

Y esperamos.

Entonces puede ocurrir algo curioso.

El animal que inicialmente se alejaba deja de hacerlo.

Continúa alimentándose.

Se mueve de manera aparentemente normal.

Incluso puede acercarse.

No porque hayamos aprendido un truco secreto para “atraer peces”, sino porque hemos dejado de insistir en convertirnos en el elemento más importante de su entorno.

El pez que vive entre buceadores no necesariamente nos ignora

En algunos lugares ocurre algo diferente.

Entramos al agua y los peces parecen extraordinariamente confiados. Algunos permiten aproximaciones que serían imposibles en otros puntos de inmersión.

Existe habituación.

La experiencia previa importa.

Los estudios muestran diferencias de comportamiento entre poblaciones sometidas a distinta presión humana, protección o interacción con buceadores. También se ha observado que determinados peces objetivo de pesca pueden mantener mayores distancias frente a buceadores en lugares donde las personas representan históricamente una amenaza.

Para un animal salvaje, por tanto, “humano” no siempre significa exactamente lo mismo.

En un lugar puede representar una presencia habitual sin consecuencias negativas.

En otro puede estar asociado a persecución.

En otro, absurdamente, puede significar comida porque durante años los visitantes han alimentado a los peces.

Y esa experiencia modifica el comportamiento.

Por eso resulta peligroso interpretar lo que vemos durante una única inmersión como una característica universal de una especie.

“El mero es confiado.”

“El sargo es asustadizo.”

“Los peces pequeños no tienen miedo de los buceadores.”

La realidad es mucho más interesante.

Hay diferencias entre especies, individuos, tamaños, lugares, circunstancias y experiencias anteriores.

Incluso dentro del mismo arrecife puede haber animales mucho más tolerantes que otros.

Entonces, ¿cómo deberíamos acercarnos?

Quizá la respuesta sea cambiar ligeramente la pregunta.

En lugar de pensar “¿hasta dónde puedo acercarme?”, podríamos preguntarnos “¿hasta dónde permite este animal que me acerque sin modificar claramente lo que estaba haciendo?”.

Parece una diferencia pequeña, pero transforma por completo nuestra posición.

Si deja de alimentarse, cambia repetidamente de dirección, se dirige hacia un refugio, aumenta la distancia cada vez que nosotros la reducimos o abandona el lugar, ya tenemos información suficiente.

No necesitamos esperar a una huida espectacular.

Y tampoco necesitamos establecer una cifra rígida de dos metros, tres metros o cinco metros. Esa regla sería científicamente poco defendible porque cada especie, individuo y situación es diferente.

La distancia correcta la determina, en gran medida, el comportamiento del propio animal.

Eso exige algo paradójico.

Para acercarnos mejor a los peces tenemos que obsesionarnos menos con acercarnos.

Un buceador con buena flotabilidad, movimientos lentos y capacidad para quedarse quieto suele integrarse mucho mejor en el paisaje que alguien que persigue continuamente cualquier cosa interesante que aparece delante de su máscara.

Y cuando dejamos de perseguir, empezamos a observar comportamientos que antes nos perdíamos.

El pez vuelve a alimentarse.

Dos individuos interactúan.

Un lábrido inspecciona otro pez.

Un pulpo abandona lentamente su refugio.

Un mero sale de debajo de una roca.

Un banco recupera su estructura.

El fondo vuelve a comportarse como fondo marino y no como escenario construido alrededor de nuestra presencia.

Entonces empezamos realmente a observar.

Cambiar de perspectiva

Tal vez lo más fascinante de todo esto aparezca cuando invertimos durante unos segundos la escena.

Estamos a quince metros de profundidad.

La luz procedente de la superficie forma reflejos sobre las rocas. Se escucha nuestra respiración y, cada pocos segundos, una columna de burbujas asciende detrás de nosotros.

Delante hay un pez.

Lo observamos.

Pero imaginemos ahora la escena desde su lugar.

Una enorme criatura acaba de aparecer en la distancia.

Tiene una forma extraña.

No nada como ningún pez.

Desplaza agua con dos grandes extremidades planas.

Produce sonidos.

Expulsa violentamente gas.

Nos mira.

Y empieza a acercarse.

Cinco metros.

Cuatro.

Tres.

Nos desplazamos ligeramente.

También se desplaza.

Buscamos una roca cercana.

Continúa viniendo.

Desde nuestra perspectiva solo queríamos verlo mejor.

Desde la suya, quizá acabamos de convertirnos en la decisión más importante de los siguientes treinta segundos.

La próxima vez que un pez permanezca inmóvil delante de nosotros conviene recordar algo.

Que nos permita observarlo es un privilegio, no una invitación a seguir avanzando.

Porque aprender a bucear no consiste solamente en dominar la flotabilidad, controlar el consumo o saber orientarnos.

También consiste en comprender que durante una inmersión entramos en un mundo donde nosotros somos los visitantes.

Y cuanto menos obliguemos a sus habitantes a reaccionar ante nuestra presencia, más posibilidades tendremos de conocer cómo se comportan realmente cuando creen que no tienen nada de lo que preocuparse.

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