Autor:
Oscar E.D.
Categoría:
Social
Publicado:
Miércoles 11 Marzo 2026
Mirar el mar y entender que algo no va bien
A veces hace falta alejarse mucho para entender lo que tenemos cerca. El astronauta de la NASA Ron Garan, después de pasar 178 días en el espacio y observar la Tierra desde la Estación Espacial Internacional, regresó con una reflexión que impacta por su crudeza y por su verdad: vivimos una gran mentira. La mentira de creer que estamos por encima de la naturaleza, de pensar que el planeta está aquí para servirnos y de olvidar que, en realidad, dependemos por completo de su equilibrio frágil y perfecto.
Nosotros no hemos necesitado subir al espacio para sentir algo parecido.
A muchos de los que formamos parte de la Sociedad de Actividades Subacuáticas de Badalona (SASBA) nos ha bastado con mirar bajo la superficie del mar, año tras año, inmersión tras inmersión, para comprender que algo no va bien. El mar, que para nosotros siempre ha sido refugio, aprendizaje, emoción y respeto, también se ha convertido en un espejo incómodo. Un espejo que nos devuelve una realidad difícil de ignorar.
Quienes llevamos años buceando hemos visto cambios que duelen. Hemos visto fondos que antes rebosaban vida y hoy parecen más silenciosos. Hemos visto especies cada vez más escasas, ejemplares enfermos, ecosistemas debilitados y rincones donde la basura ya forma parte del paisaje. Plásticos atrapados entre rocas y posidonia, restos que nadie debería ver allí, señales evidentes de una forma de vivir que consume, ensucia y olvida demasiado rápido.
Y lo más duro es que no hablamos de un problema lejano. No es una imagen de otro continente, ni una noticia que pasa de largo en una pantalla. Es nuestro mar. Es el Mediterráneo que conocemos, el que nos ha regalado tantos momentos de calma, asombro y belleza. Es ese mundo submarino que tantos hemos aprendido a amar desde el primer descenso, y que hoy nos pide ayuda de una forma cada vez más evidente.
Las palabras de Ron Garan resuenan precisamente porque apuntan a una verdad que también vemos bajo el agua: hemos construido una forma de vivir que pone por delante la comodidad, el consumo y el beneficio inmediato, mientras relegamos lo esencial. Y lo esencial es la vida. La de los ecosistemas, la de las especies que comparten este planeta con nosotros y también la nuestra, porque no existe un futuro sano para la humanidad en un mundo natural cada vez más enfermo.
A veces da la sensación de que nos hemos acostumbrado a pensar que todo está a nuestro servicio. Como si las demás especies estuvieran aquí para soportarlo todo. Como si el mar pudiera seguir absorbiendo residuos, vertidos, abandono y despreocupación sin romperse. Como si siempre hubiera tiempo para reaccionar más adelante.
Pero no siempre habrá más adelante.
Bucear te enseña algo muy difícil de explicar a quien nunca lo ha vivido: bajo el agua entiendes que no estás por encima de nada. No mandas. No controlas. Solo eres una presencia pequeña en un equilibrio inmenso y frágil. Aprendes a observar sin invadir, a moverte con respeto, a escuchar el silencio, a aceptar que la vida no gira a nuestro alrededor. Y quizá por eso duele tanto ver cómo la estamos tratando.
Cada bolsa abandonada, cada envase que llega al mar, cada gesto egoísta, cada decisión cómoda que ignora sus consecuencias, acaba teniendo un impacto real sobre seres vivos que sienten, luchan por sobrevivir y forman parte del mismo mundo que nosotros. Peces, moluscos, crustáceos, corales, praderas marinas, aves y mamíferos marinos no son un decorado. Son vida. Son parte de una red a la que nosotros también pertenecemos, aunque a menudo lo olvidemos.
Tal vez ha llegado el momento de parar.
Parar de correr un instante. Parar de consumir sin pensar. Parar de mirar hacia otro lado. Parar y preguntarnos con honestidad qué huella dejamos en el planeta y qué estamos normalizando cada día. Preguntarnos si de verdad estamos educando en el respeto o solo en la comodidad. Preguntarnos qué derecho creemos tener para llenar de residuos el hogar de otras especies y vaciar poco a poco sus posibilidades de futuro.
Desde SASBA no queremos mirar el mar solo con nostalgia. Queremos seguir mirándolo con amor, pero también con responsabilidad. Queremos seguir disfrutándolo, sí, pero sin olvidar que amar de verdad algo implica cuidarlo. Implica defenderlo. Implica cambiar hábitos, denunciar lo que está mal, educar a los más jóvenes y recordar, también a los adultos, que no somos dueños del planeta: somos parte de él.
El mar nos ha dado muchísimo. Nos ha regalado amistades, recuerdos imborrables, aprendizajes, humildad y belleza. Nos ha enseñado a respirar despacio, a observar mejor y a sentirnos pequeños en el mejor de los sentidos. Quizá ahora nos toca devolverle una mínima parte de todo eso.
Ojalá este mensaje no se quede solo en unas palabras bonitas. Ojalá sirva para remover algo por dentro. Para que cada persona que lo lea haga una pausa real y piense. Piense en cómo vive, en cómo consume, en cómo ensucia, en cómo cuida. Piense en las especies con las que comparte este planeta. Piense en el mar no como un recurso, sino como un ser vivo inmenso, frágil y valioso.
Porque todavía estamos a tiempo de decidir qué papel queremos tener.
Ser quienes siguieron mirando sin hacer nada, o ser quienes entendieron que cuidar la vida —toda la vida— era lo único que de verdad importaba.
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