¿Qué ocurre realmente en tu cuerpo durante una inmersión?

Autor:

óscar E.D.

Categoría:

Formación

Publicado:

Miércoles 8 Julio 2026

¿Qué ocurre realmente en tu cuerpo durante una inmersión?

Todo comienza antes incluso de que abandones la superficie.

Estás flotando tranquilamente, ajustas el regulador, compruebas por última vez el equipo y miras hacia abajo. Bajo tus aletas se abre un mundo azul que parece tranquilo e inmóvil. Respiras profundamente, vacías parcialmente el chaleco y empiezas a descender.

Durante los primeros metros apenas notas nada. Quizás una ligera sensación de presión en los oídos. Tal vez el sonido de tus propias burbujas alejándose hacia la superficie. Sin embargo, aunque todo parezca normal, tu cuerpo ya ha comenzado a adaptarse a un entorno completamente diferente al que fue diseñado para habitar.

La protagonista invisible de esta transformación es la presión.

En tierra vivimos rodeados por una atmósfera de aire y estamos tan acostumbrados a ella que ni siquiera somos conscientes de su existencia. Bajo el agua la situación cambia rápidamente. Cada metro que descendemos añade peso sobre nuestro cuerpo. A diez metros de profundidad la presión se ha duplicado. A veinte metros es tres veces mayor que en superficie. A treinta metros, cuatro veces.

No sentimos esa presión sobre la piel porque nuestro cuerpo está compuesto principalmente de líquidos, pero sí la notan todos aquellos espacios donde existe aire.

Por eso los oídos suelen ser los primeros en avisarnos de que estamos descendiendo.

La sensación es familiar para cualquier buceador. Aparece una ligera molestia, una presión creciente, como si alguien empujara desde dentro del oído. Lo que realmente está ocurriendo es que el agua aumenta su presión alrededor de nosotros mientras el aire atrapado en el oído medio intenta conservar el volumen que tenía en superficie. El tímpano comienza entonces a deformarse y nuestro cerebro interpreta esa tensión como incomodidad.

Cuando realizamos una compensación y escuchamos ese pequeño "clic" tan característico, no estamos haciendo magia. Simplemente, estamos permitiendo que entre aire en el oído medio para equilibrar nuevamente las presiones. El alivio es inmediato porque el cuerpo vuelve a encontrar el equilibrio que busca constantemente durante toda la inmersión.

Pero los oídos no son los únicos que reaccionan.

Cada respiración que tomamos bajo el agua también es diferente. Aunque tengamos la sensación de respirar con normalidad, el aire que llega desde el regulador está comprimido a la presión de la profundidad en la que nos encontramos. A veinte metros, por ejemplo, cada inspiración contiene aproximadamente tres veces más moléculas de aire que la misma respiración en superficie.

Por eso las botellas se vacían mucho más rápido cuanto más profundo descendemos. No respiramos más veces por minuto, simplemente cada respiración contiene más aire.

Mientras tanto, algo todavía más interesante está ocurriendo de forma silenciosa dentro de nuestro organismo.

Cada vez que inhalamos, además de oxígeno, introducimos nitrógeno. En superficie apenas pensamos en él porque nuestro cuerpo no lo utiliza para producir energía. En una inmersión, sin embargo, el aumento de presión provoca que una cantidad cada vez mayor de este gas se disuelva en nuestros tejidos.

Es un proceso completamente natural. De hecho, sucede en cada inmersión recreativa que realizamos.

Una buena forma de imaginarlo es pensar en una botella de agua con gas. Mientras permanece cerrada, el gas se mantiene disuelto en el líquido gracias a la presión. Cuando abrimos la botella, la presión desaparece y aparecen las burbujas.

Nuestro cuerpo se comporta de una manera muy parecida.

Durante la inmersión absorbemos nitrógeno de forma progresiva. Durante el ascenso lo eliminamos poco a poco a través de la respiración. El problema aparece únicamente cuando intentamos acelerar un proceso que la naturaleza ha diseñado para realizar lentamente.

Por eso los ascensos deben ser controlados. Por eso existen las paradas de seguridad. Y por eso los ordenadores de buceo calculan constantemente cuánto nitrógeno estamos absorbiendo.

Sin embargo, la presión todavía guarda una sorpresa más.

A medida que descendemos hacia mayores profundidades, muchos buceadores empiezan a experimentar sensaciones extrañas. Algunos se sienten extraordinariamente relajados. Otros notan una confianza exagerada. Algunos incluso encuentran situaciones absurdas sorprendentemente divertidas.

Es lo que conocemos como narcosis por nitrógeno.

Aunque suele asociarse a profundidades superiores a los treinta metros, la sensibilidad varía enormemente entre personas. El nitrógeno comienza a afectar al funcionamiento del sistema nervioso y produce un efecto que muchos comparan con una ligera embriaguez. No suele resultar peligroso por sí mismo, pero sí porque puede alterar nuestro juicio precisamente cuando más necesitamos pensar con claridad.

Lo curioso es que quien la experimenta rara vez se da cuenta de ello.

Por eso la formación insiste tanto en la planificación, la disciplina y el trabajo en equipo. Cuando nuestro cerebro puede verse afectado por la profundidad, los procedimientos se convierten en nuestros mejores aliados.

Y mientras todo esto sucede —mientras compensamos los oídos, absorbemos nitrógeno, gestionamos la presión y adaptamos nuestra respiración a la profundidad— la mayoría de las veces apenas somos conscientes de ello. Estamos demasiado ocupados observando una pared cubierta de gorgonias, siguiendo el vuelo elegante de una manta o contemplando cómo un banco de peces desaparece en el azul.

Quizás esa sea una de las cosas más fascinantes del buceo.

Bajo una aparente sensación de calma, nuestro organismo está realizando un trabajo extraordinariamente complejo. Millones de años de evolución nos prepararon para vivir sobre la tierra, no para explorar los fondos marinos. Y aun así, gracias al conocimiento, al entrenamiento y a la tecnología moderna, somos capaces de pasar una hora respirando bajo el agua mientras nuestro cuerpo se adapta continuamente a un entorno que debería resultarle imposible.

La próxima vez que inicies un descenso, piensa durante un instante en todo lo que está ocurriendo dentro de ti. Porque cada inmersión es mucho más que una visita al mundo submarino.

Es también una demostración fascinante de hasta dónde puede adaptarse el cuerpo humano.

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